Solemos creer que conocemos el efecto de cada causa, pero honestamente, la verdad, es que sabemos muy poco de todo. En esta vida no existe garantía de absolutamente nada. Ya hemos aprendido que estudiar una carrera universitaria no es equivalente a tener un gran empleo, (obviamente ayuda y es mucho mejor tenerlo), pero allá afuera hay personas que ganan el triple que tú y yo juntos con apenas haber terminado la primaria, y no estoy hablando de nada ilegal. A veces la escuela de la vida supera con creces a cualquier posgrado.
Hay personas que realizan ejercicio para mantenerse saludables, pero aquel tipo que fuma desde los 16 años, mágicamente tiene más energía y bienestar. Con esto, no quiero que lo tomes como una invitación para no cuidarte, sino todo lo contrario; debemos de hacer todo lo posible por tener la mejor calidad de vida que esté a nuestro alcance. Tal vez el ejemplo anterior, es sólo un recordatorio que el tener emociones negativas nos termina dañando más que los malos hábitos. Obvio no hay alguna base científica (al menos no que conozca), que lo explique o certifique, pero se me hace totalmente lógico. Una emoción, no solamente altera nuestro estado de ánimo, sino todos los químicos de nuestro cuerpo.
Hacer ejercicio no te garantiza una vida saludable, pero sin duda alguna aumenta las probabilidades de tenerla. Estudiar una maestría no te garantiza un buen trabajo, pero sin duda, mejora las probabilidades de tener un buen sueldo. Tener un trabajo no te asegura estabilidad, porque de un día para otro te pueden despedir sin previo aviso. Tener dinero no te garantiza una vida feliz, y no quiero que lo tomes como algo malo, el dinero es una base clave para la felicidad, vivimos en un mundo que se ha regido por esta moneda desde hace más de dos mil años, y estoy seguro que seguirá siendo así por mucho tiempo después de que partamos de este mundo. Pero una vez que el dinero cubre tus necesidades básicas y uno que otro lujo, ya no influye tanto en tu felicidad.
El dar amor a tu pareja, por poner un ejemplo, no asegura que te ame de vuelta. Y este puede ser el caso más triste, porque hay demasiadas veces, más de las que me gustaría aceptar, en la que nosotros damos todo, inclusive más de lo que nos corresponde y la balanza no se equilibra. Damos, damos y damos sin ver nada de vuelta. Y obviamente el amor no se exige, no es un bien que se compre, no es algo que te de dos billetes de corazón y me regreses veinte monedas de abrazos, pero es importante que exista un equilibrio, de lo contrario, muy probablemente nos encontremos con la persona equivocada.
Lo más triste de todo, creo yo, es la parte de los sueños, de las metas que tenemos. Porque no existe ninguna garantía, de que, si nos esforzamos, si trabajamos, si nos obsesionamos con nuestro deseo, se vaya a cumplir. La vida es tan confusa e irónica al mismo tiempo. Hay personas que en el primer intento consiguen alcanzar su meta, otras que tuvieron que estar macheteando, buscándole la forma, tropezando y tropezando hasta que varios años después lo pudieron alcanzar. Otras que abandonaron a medio camino y se quedaron con el peor sentimiento que podemos tener: “qué hubiera pasado sí…”. Están las personas que ni siquiera hacen el intento de conseguirlo. Y por último, aquellas personas que buscaron el camino por cielo, mar y tierra, que cada vez que se cayeron, se levantaron, que pidieron consejos, ayuda, estuvieron analizando día y noche, y… sin embargo, partieron de este mundo sin poder haber alcanzado su sueño. Es triste, lo sé, pero creo que vale mil veces el haberlo intentado y fallar, que fracasar sin haber tomado acción.
Este escrito parece más melancólico que motivacional, pero es que, considero yo que, por eso es tan importante que aprendamos a disfrutar el camino. Porque lo único seguro que tenemos es este momento. No hay garantía de que mañana logres tus sueños, (aunque, espero de todo corazón que sí lo consigas y te animo a intentarlo, porque cuando das un paso hacia tu deseo, muchas puertas que ni siquiera conocías comienzan a abrirse).
Considero que no importa cuál sea nuestro deseo, que nos apasione mucho más el camino que la meta.
He visto como personas que van en un vuelo a la playa, después de tanto ahorrar y esperar esa fecha, una vez que ya están en el destino, se quedan en la habitación del hotel durmiendo en lugar de irse a mojar los pies al mar, todo porque… “el vuelo fue muy pesado”.
No importa en qué etapa del viaje te encuentres, te invito a que disfrutes el instante. Seguramente te ha pasado que has visto alguna película o leído un libro cuyo final fue “meh”, mientras que todo el desenlace estuvo súper entretenido. ¿Qué pasaría si ese fuera el final de tu meta y no disfrutaste el camino? Tantos años desperdiciados, tiempo y energía tirados a la basura, sacrificios sin ningún beneficio. Porque es algo que pasa, a veces soñamos e idealizamos tanto algo, que lo que en nuestra mente era algo glorioso, en la realidad resulta ser algo banal y sin chiste.
Este escrito no es una invitación a desistir, en este mundo no hay seguridad de nada. Hoy podemos estar en la gloria, en la cima de la montaña con un paisaje que ninguna postal le haría justicia, y mañana; ahogándonos, luchando por nuestra vida.
Eso es lo bello de esta vida. Debemos de aprender a disfrutar los momentos que tenemos hoy, porque no sabemos si se volverán a repetir, desconocemos si durarán toda la vida o un par de minutos.
En este universo, nada asegura nada, por eso te hago la cordial invitación, a que por lo menos por durante los próximos quince minutos, elijas disfrutar todo lo que te suceda. Ojo, no te estoy diciendo que te emociones con la próxima noticia buena, sino que pongas una alarma por ese lapso de tiempo y sin importar llueve, truene o relampaguee, decidas ser feliz. Porque se nos olvida que la felicidad, más que otra cosa, es una elección.
